Category Archives: Luis Tamargo

ALGO DE DIPLOMACIA

El percutor volvió a girar y un chasquido sordo le dijo que no era aquel su momento. El japonés cogió el arma y, después de hacerlo rodar, lo entregó a su oponente, un birmano que sudaba copiosamente. Sin embargo él estaba frío, no podía sudar. Se preguntaba por qué tardaban tanto… Creyó que con encontrar el lugar donde se practicaba aquel juego mortal su misión concluía por fin. Había estado durante largos meses intentando introducirse en aquel círculo inmundo de tráfico de personas y ahora se hallaba apostando su vida a la suerte de una bala caprichosa. El birmano pasó el brazo sobre la frente sin hallar alivio, minutos antes habían retirado el cadáver de un esbelto joven polaco a quien no acompañó la suerte en aquella fatal ruleta. Esta vez el árbitro japonés le tendió la pistola, era su turno. Alrededor, el reducido grupo de apostantes hacía circular los billetes en una grotesca jerga de gestos y un murmullo creciente se abrió paso entre las densas bocanadas de humo que asfixiaban el local. Sí, tardaban demasiado, no podían hacerle esto a él en su último día de trabajo; mañana era Navidad, comenzaban sus vacaciones. Posó el cañón sobre la sien y se perdió en el pensamiento de que algún error imprevisto había ocurrido cuando de repente el murmullo de los asistentes explotó en desorden y tumulto. Los policías irrumpieron en bloque voceando y con las armas en alto. Algunos intentaron huir, pero afuera los coches de los agentes aguardaban en una perfecta emboscada. Se dejó cachear, era lo establecido. Fue conducido con el resto de detenidos a las dependencias policiales y allí, en una sala aparte, esperó la llegada del Inspector Jefe…
-…Puede usted marcharse, agente. ¡ Felices vacaciones!
Llevaba dos años destinado en Europa central, desde que los vientos desfavorables comenzaron a soplar en Oriente Medio y su aspecto de diplomático europeo le delataba, imposible de disimular. Sonrió con ironía al recordar las palabras del comandante… Sí, un funcionario del gobierno, pero con la vida de cada día al borde del abismo. Echó un vistazo al reloj, no podía perder el tiempo si quería disfrutar de las vacaciones que tanto merecía, en casa le esperaban la pequeña Nadia y su esposa, ansiosas.
Cuando llegaba al motel distinguió un pequeño grupo jóvenes apostado frente a la entrada. Desistió de recoger equipaje alguno y se felicitó por la buena costumbre de dejar aparcado su vehículo a dos manzanas del lugar donde residía. Puso dirección a las afueras, hacia la playa. Luego, mezclado con la oscuridad de la noche, escaló el acantilado y rebasó la pendiente que ascendía hasta el monte. Arriba, pudo divisar las luces del aeropuerto y caminó entre sombras hasta llegar frente a la verja electrificada. Se tumbó, camuflado en el follaje del suelo, y ojeó de nuevo la hora… Sólo quedaba esperar. Según lo convenido, apareció al fin el vigilante con dos enormes perros atados, de ronda por el contorno de las instalaciones. Cuando estuvo a su altura el guardia miró el reloj, rebuscó entre el manojo de llaves colgado de la cintura y abrió la cerradura blindada, luego se alejó despacio sin soltar a los animales. Había llegado el momento, disponía apenas de minuto y medio para atravesar la pista y localizar el avión militar donde iniciar su viaje de vacaciones, de regreso a casa. Cruzó la verja y corrió hacia el lateral despejado donde ya rugían los motores del aparato. Subió la escalerilla como una exhalación, atronado por el ruido de las hélices. Ya dentro le recibió un oficial:
-¡Feliz Navidad, señor!
Se tendió entre los restos de mercancías de ayuda humanitaria en aquel avión sin asientos, dispuesto para afrontar un vuelo de casi dieciocho horas, algo menos si las turbulencias se lo permitían.
El chófer del Estado Mayor le llevó a casa, aseado y bien arreglado, con las medallas luciendo en el uniforme, a Nadia le encantaban. Se apeó dos manzanas antes y paseó hasta su calle, desde lejos divisó su hogar y, al acercarse, distinguió el árbol de Navidad brillante en el jardín y también dos rostros pegados al cristal, entre los monigotes de nieve. La puerta se abrió rápida, su mujer y la pequeña Nadia se abalanzaron sobre él con alegría…
-¡Papá, has venido, papá!
-¡Claro, Nadia, como siempre, hija!…
Mientras ambas le abrazaban sin cesar de reír y llorar, su esposa le besó al oído un susurro de anhelo contenido…
-¡Te queremos, Leo!
-…Yo también, cariño.

El autor:
http://leetamargo.blogia.com
*”Es una Colección “Son Relatos”, (c) Luis Tamargo.-

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Relato NADIE SOSPECHA


Corría el decimotercer año del recién estrenado milenio, aniversario de la gran deflagración. Blenda y Ruth ya habían dejado de ser las alocadas colegialas que traían en jaque los esforzados desvelos de sus padres, atentos en toda ocasión para que aquellas varitas tiernas crecieran sin torcerse. Al fin parecía que tanta preocupación había dado su fruto y ahora, convertidas en dos chicas responsables, se bastaban por sí mismas para ganarse el sustento con sus hábiles merecimientos. Ellas no lo conocieron, pero antes ya habían oído por boca de sus padres de los devastadores efectos de la gran crisis, aquellos duros tiempos que siguieron cuando el mundo entero se estremeció. Los sacrificios de sus padres sirvieron para que ellas recibieran una adecuada educación, libres y ajenas a lo que tomaban por horrendos recuerdos de una pasada prehistoria que nada tenía que ver con su tiempo actual.
Ahora disponían de su propio apartamento en la ciudad, a apenas una hora de tren de la casa paterna. Desde hacía un año cada una costeaba el suyo, no se lo habían contado a sus padres para no preocuparles, sabían además que no lo aprobarían. Almorzaban siempre juntas y si, por motivos de trabajo no podían verse algún día, se llamaban por teléfono al final de la jornada para intercambiar impresiones. Ruth sabía por su hermana de los avances conseguidos desde que aceptó el reto y firmó contrato con la Central Química Nuclear, fue poco después cuando decidieron adquirir un apartamento para cada una, innegable señal de que iban por cauce seguro. Desde entonces, Ruth se quedó sola a cargo de la Asesoría, desbordada de tareas, pero señal también inequívoca de que la suerte les sonreía. Envidiaba la valentía de su hermana y el afortunado salto laboral que le permitía cada mes engrosar la cuantía de su nada despreciable nómina. Blenda se lo contaba, mencionaba la calidad de medios, posibilidades de ascenso, hablaba de cifras crecientes a las que ella nunca tendría opción ni aún dedicando horas extras. Eran mellizas y siempre habían compartido todo, pero Ruth la quería, era su hermana.
Blenda le había comentado sobre el nuevo Director General de la Compañía, el señor Martín era un hombre joven proveniente de la capital del estado y que se había incorporado al puesto hacía unos meses. En su calidad de Ayudante Técnico eran frecuentes las reuniones de su departamento con la Dirección y, ahora, el nuevo Director General se había animado a cumplir lo pactado y la había invitado a cenar, fiel a la política de empatizar con los integrantes de la Compañía.
Blenda invitó también a su hermana, aprovechaba así para evitar quedarse a solas con el mandamás bajo el pretexto de que conociera de cerca su entorno familiar. Blenda era más fría para eso, si no le gustaba el muchacho sólo por dinero era capaz de aceptar un compromiso. A Ruth le sacaba de quicio aquella interesada capacidad que tan óptimos resultados le proporcionaba a su hermana. Habían pasado la tarde en el apartamento, concentradas en la cocina para preparar los spaguettis a la carbonara como sólo ellas sabían aderezar. Ruth se ocupó del postre. Los aperitivos y segundos platos los encargaron a un restaurante cercano.
Poco antes de las nueve de la noche sonó el timbre y las dos hermanas, elegantes para la ocasión, recibieron con sincronizada amabilidad al invitado. La velada transcurrió agradable, con estudiado desenfado la conversación tocó áreas variadas desde política e historia social a la música y artistas contemporáneos televisivos. Amparada en un segundo plano, Ruth analizaba los gestos del Jefe de su hermana. Parecía una persona seria, casi rígida de principios, pero fuerte y apuesto, de una belleza escultural en sus rasgos, de ademanes lentos, que lo convertían en atractivo aún cuando su atlética constitución permaneciera en reposo. Influída por el cava, Ruth se atrevió a bromear con algún chiste sobre homosexuales, pero enseguida recobró la compostura. Sobre todo cuando el señor Martín se interesó por su trabajo, con tantas preguntas por sus preferencias y su bienestar a Ruth se le agrandaron los ojos y las expectativas. Blenda le hizo un guiño mientras recogía las copas, sí, a Ruth también le pareció entrever posibilidades, incluso no descartaba seguir los pasos de su hermana, aunque en algo no era igual a ella… Pero lo cierto es que aquel hombre le gustaba, ¡quién sabe!…
Cuando se despidieron, Blenda y Ruth se emplazaron al día siguiente para intercambiar sus confidencias, ahora estaban bastante cansadas, pero Blenda allanó el terreno…
-…Ya me he dado cuenta, Ruth. ¡Por mí, todo tuyo! Nunca tendría nada con un Jefe, ¿estás loca?…
Ruth albergaba más y más esperanzas:
-Tienes que citarle para repetir, iremos al restaurante de la Plaza… Ya hablaremos. ¡Hasta mañana, Blenda!
Esa noche el señor Martín llegó tarde a su casa, nadie le esperaba. Sin atisbo de cansancio comenzó a desvestirse. La cena con aquellas chicas lejos de aburrirle le había servido de prueba para controlar todos los pormenores de la situación. Formaba parte de su misión, había sido entrenado para soportar y escrutar los más insignificantes detalles de las relaciones humanas. Sin embargo el efecto de las especias le obligó a emitir un sonido gutural que no pudo refrenar. Se aflojó la corbata y cedió también la presión sobre el cuello. Tiró de las orejas hacia delante despojándose de la fina tira de piel que le cubría el rostro y que, con cuidado, posó sobre el líquido de la bandeja en el lavabo, pues debería servirle para el día siguiente. Quedaron al descubierto sus brillantes escamas verdes, iridiscentes, perfectas y ensambladas. La aleta dorsal de su espalda se liberó en una erizada cresta, al tiempo que sus ojos vidriosos, de amarillo oro, estrecharon la pupila. Los efluvios del aromatizado aliento le obligaron a chasquear su larga lengua bífida sin lograr evitar que otro ruido gutural se escapase…

El autor:
http://leetamargo.blogspot.com
* Es una Colección “Son Relatos”, (c) Luis Tamargo.-

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L E J A N Í A


Acaricia el mar del sur
su techo blanco,
dormido el cielo.
Y el alba, a gritos,
en la lejanía del norte,
veletea ansiedades
de ceniza y oro,
sueño y suspiro.

http://poemagenes.blogspot.com
*(De “POEMÁGENES“, (c) Luis Tamargo).-

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EL DUENDE PARTICULAR


Al doblar la curva del río, entre la espesura de hayas, hay una gran piedra plana, redonda, semiroída en uno de sus cantos. Sentado en ella, apoyado sobre la cagiga milenaria puede contemplarse el río. El agua juega y arremolina espuma entre los surcos de las rocas enmohecidas. Un hilo de luz se asoma por el techo de hojas y, desde arriba, dibuja un arcoiris en la orilla, un manto multicolor que envuelve al hada del arpa, que danza y deja bailar sus dorados cabellos al sol, rodeada por un séquito de diminutos duendes, numerosos y curiosos, que se acercan y rodean la gran piedra plana. Algunos, de nariz arrugada, son feos y se esconden detrás de los árboles. El más bello se acerca y mueve los labios. No me habla, pero le escucho y, mientras se acompaña de suaves movimientos y ademanes delicados, me explica que lo veo porque soy niño. Se llama Particular, respondiendo a mi pregunta y continúa explicándome que él es el duende que me corresponde. Sí, de acuerdo al carácter de cada uno nos acompaña uno u otro duende y, por un instante, suspiro aliviado de que no sea uno de los que se ocultan tras las peñas. Con gestos elegantes se da prisa en aclararme que no somos niños siempre, que luego crecemos y es natural que así sea, pero que perdemos el alma niña y nuestro espíritu queda enturbiado por el tiempo. Después, un día, cuando contamos el secreto desaparece finalmente el hechizo.
Aún resuena el eco del duende en mis recuerdos. A la entrada del río, hoy, un cartel de grandes letras se anuncia: “Se Vende Finca Particular”… Lleva ahí tantos años como los que yo anduve fuera del hogar. Ahora sé que no existe riqueza alguna capaz de comprar lo que ese bosque esconde. Y si lo hubiera, andaría igualmente sobrado de ignorancia al desconocer el verdadero valor de tesoro tan incalculable.
…Hoy espero al otro lado del puente y, desde la orilla, a veces veo llegar algún niño que regresa por el camino vecinal, junto al río. No parecen ni tristes ni alegres… Son sólo niños, verdaderos niños que el río contempla a su paso.

El autor:
http://leetamargo.blogspot.com
*”Es una Colección “Son Relatos”, (c) Luis Tamargo.-

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Revista de poesía La Fuente de las Siete Vírgenes

Revista de Poes�a
La revista “La fuente de las 7 vírgenes” acaba de sacar el número 11 de 2008, en el que han tenido a bien publicar, entre los trabajos de otros autores de distintos lugares del planeta, uno de mis poemas: “En el verano“. Mi agradecimiento ante todo; además aprovecho la ocasión para presentarles esta publicación bimensual, donde se cuida tanto la gráfica como el contenido, siempre dedicado a la poesía.

http://lafuentedelas7virgenes.spaces.live.com/default.aspx

La presentación puede descargarse desde aquí:
http://www.updw.net/4580-lafuentedelas7virgenes___n_11_pps.htm

¡Están invitados a su lectura, que lo disfruten!

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EL BAILE


Se conocían lo bastante para no pisarse, aunque Emma trastabilló un paso al tropezar con un obstáculo imaginario. Jaime no dejó de sujetarle por el talle y, con suavidad, recostó la barbilla entre el hueco del cuello y su hombro para susurrarle al oído…
-¿Estás bien…?
Ella gimió una leve afirmación, mientras sonaban los acordes de un clásico bolero.
-…Ahora viene otra tanda latina –suspiró, estrechándose aún más junto al mullido, pero recio cuerpo de Jaime.
En la penumbra de la sala de baile Jaime distinguió a algunos amigos que aún pululaban al fondo de la barra; alguien le hizo la señal de victoria desde lejos aunque no supo de quien se trataba. Sudaba copiosamente y le preocupaba que Emma se encontrara a disgusto. Observó de reojo a las otras parejas sin dejar de mecerse en el cadencioso ritmo del baile. Una de ellas abandonó la pista en silencio, agarrados de la mano con gesto cansino. Al lado de ellos otra pareja se movía desacompasada y, para distraerse, trató de imaginar por un momento cómo bailarían un foxtrott… Casi que podía escuchar los jadeos de ella, en exceso alterada. Demasiado frenéticos, pensó.
Emma le sacó de su nube mental con una intempestiva pregunta:
-…Tiene que ser tarde ya, Jaime…
-Sí, casi de madrugada… -le contestó, al mismo tiempo que Emma apagaba su respuesta con un bostezo prolongado.
La pareja de al lado casi chocó contra ellos y ambos se volvieron, extrañados por la inesperada maniobra. La otra muchacha jadeaba sin hallar suficientes bocanadas de aire con que respirar. Se asustaron cuando le vieron abrir mucho los ojos, antes de caer desplomada al suelo; su pareja se sintió impotente para detener su peso en la caída. Acto seguido un grupo de personas acudió junto a la chica. Jaime reconoció un brazalete sanitario en uno de los que estaban agachados junto a ella…
-No te preocupes, la están atendiendo –susurró a Emma, tratando de tranquilizarla.
Al poco alguien se acercó con una camilla y la pista quedó de nuevo envuelta de música y penumbra.
-…Sí, ahora sí, Emma, este es el último tema –la fatiga de Jaime ocultó el tono alegre que quiso imprimir a su voz y, sin dejar de bailar, se abrazaron aún más fuerte.
De repente todas las luces de la discoteca se encendieron al unísono y un estallido de gritos y aplausos inundó la sala. El locutor de la radio local era quien sostenía el micrófono mientras anunciaba a viva voz a la pareja ganadora del decimonoveno Maratón de Baile de la Ciudad.
Emma y Jaime habían dejado de bailar, pero permanecían aún abrazados en el centro de la pista, casi pegados por el sudor después de veintidós horas continuadas de baile. Todavía el cansancio no les permitía calibrar todo el sabor del triunfo, pero la organización del evento enseguida les emplazó para el fin de semana próximo en el que recibirían su premio en una fiesta conmemorativa respaldada por la prensa y demás medios de comunicación. Ahora sólo deseaban descansar.
Entre el tumulto de amigos y felicitaciones, Jaime arropó a Emma con su abrigo, mientras le acompañaba hasta la salida.
-Te he pedido un taxi, campeona –él vivía a la vuelta de la esquina-. ¿Quieres que te acompañe…?
-No hace falta. ¡Gracias, Jaime! –Emma sacó una sonrisa, exhausta.
Se despidieron con un beso demasiado largo para lo agotados que estaban.
El taxi cruzó la avenida central y los jardines de la alameda en denodada batalla entre la lluvia y los parabrisas, que no hallaban tregua. Cuando llegó a la plaza Mayor del casco urbano antiguo frenó en seco.
-Hemos llegado, señora.
El taxista se giró hacia atrás ante tanto silencio…
-¡Señora!
Emma roncaba con la cabeza apoyada contra la ventanilla. En la radio se oían las notas del saxo de Sonny Rollins en armonioso compás con el ritmo del parabrisas…

El autor:
http://leetamargo.blogspot.com
*Es una Colección “Son Relatos“, (c) Luis Tamargo.-

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EN EL VERANO


Blancas y rosas, las azaleas,
sombrean el banco de piedra.
El sombrero de paja
sobre el alféizar, y
en la puerta el cesto.
Aroma de narcisos
perfuman la siesta.

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*(De “POEMÁGENES”, (c) Luis Tamargo.-
http://poemagenes.blogspot.com

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