ALGO DE DIPLOMACIA

El percutor volvió a girar y un chasquido sordo le dijo que no era aquel su momento. El japonés cogió el arma y, después de hacerlo rodar, lo entregó a su oponente, un birmano que sudaba copiosamente. Sin embargo él estaba frío, no podía sudar. Se preguntaba por qué tardaban tanto… Creyó que con encontrar el lugar donde se practicaba aquel juego mortal su misión concluía por fin. Había estado durante largos meses intentando introducirse en aquel círculo inmundo de tráfico de personas y ahora se hallaba apostando su vida a la suerte de una bala caprichosa. El birmano pasó el brazo sobre la frente sin hallar alivio, minutos antes habían retirado el cadáver de un esbelto joven polaco a quien no acompañó la suerte en aquella fatal ruleta. Esta vez el árbitro japonés le tendió la pistola, era su turno. Alrededor, el reducido grupo de apostantes hacía circular los billetes en una grotesca jerga de gestos y un murmullo creciente se abrió paso entre las densas bocanadas de humo que asfixiaban el local. Sí, tardaban demasiado, no podían hacerle esto a él en su último día de trabajo; mañana era Navidad, comenzaban sus vacaciones. Posó el cañón sobre la sien y se perdió en el pensamiento de que algún error imprevisto había ocurrido cuando de repente el murmullo de los asistentes explotó en desorden y tumulto. Los policías irrumpieron en bloque voceando y con las armas en alto. Algunos intentaron huir, pero afuera los coches de los agentes aguardaban en una perfecta emboscada. Se dejó cachear, era lo establecido. Fue conducido con el resto de detenidos a las dependencias policiales y allí, en una sala aparte, esperó la llegada del Inspector Jefe…
-…Puede usted marcharse, agente. ¡ Felices vacaciones!
Llevaba dos años destinado en Europa central, desde que los vientos desfavorables comenzaron a soplar en Oriente Medio y su aspecto de diplomático europeo le delataba, imposible de disimular. Sonrió con ironía al recordar las palabras del comandante… Sí, un funcionario del gobierno, pero con la vida de cada día al borde del abismo. Echó un vistazo al reloj, no podía perder el tiempo si quería disfrutar de las vacaciones que tanto merecía, en casa le esperaban la pequeña Nadia y su esposa, ansiosas.
Cuando llegaba al motel distinguió un pequeño grupo jóvenes apostado frente a la entrada. Desistió de recoger equipaje alguno y se felicitó por la buena costumbre de dejar aparcado su vehículo a dos manzanas del lugar donde residía. Puso dirección a las afueras, hacia la playa. Luego, mezclado con la oscuridad de la noche, escaló el acantilado y rebasó la pendiente que ascendía hasta el monte. Arriba, pudo divisar las luces del aeropuerto y caminó entre sombras hasta llegar frente a la verja electrificada. Se tumbó, camuflado en el follaje del suelo, y ojeó de nuevo la hora… Sólo quedaba esperar. Según lo convenido, apareció al fin el vigilante con dos enormes perros atados, de ronda por el contorno de las instalaciones. Cuando estuvo a su altura el guardia miró el reloj, rebuscó entre el manojo de llaves colgado de la cintura y abrió la cerradura blindada, luego se alejó despacio sin soltar a los animales. Había llegado el momento, disponía apenas de minuto y medio para atravesar la pista y localizar el avión militar donde iniciar su viaje de vacaciones, de regreso a casa. Cruzó la verja y corrió hacia el lateral despejado donde ya rugían los motores del aparato. Subió la escalerilla como una exhalación, atronado por el ruido de las hélices. Ya dentro le recibió un oficial:
-¡Feliz Navidad, señor!
Se tendió entre los restos de mercancías de ayuda humanitaria en aquel avión sin asientos, dispuesto para afrontar un vuelo de casi dieciocho horas, algo menos si las turbulencias se lo permitían.
El chófer del Estado Mayor le llevó a casa, aseado y bien arreglado, con las medallas luciendo en el uniforme, a Nadia le encantaban. Se apeó dos manzanas antes y paseó hasta su calle, desde lejos divisó su hogar y, al acercarse, distinguió el árbol de Navidad brillante en el jardín y también dos rostros pegados al cristal, entre los monigotes de nieve. La puerta se abrió rápida, su mujer y la pequeña Nadia se abalanzaron sobre él con alegría…
-¡Papá, has venido, papá!
-¡Claro, Nadia, como siempre, hija!…
Mientras ambas le abrazaban sin cesar de reír y llorar, su esposa le besó al oído un susurro de anhelo contenido…
-¡Te queremos, Leo!
-…Yo también, cariño.

El autor:
http://leetamargo.blogia.com
*”Es una Colección “Son Relatos”, (c) Luis Tamargo.-

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Filed under Ficcion, Fiction, Luis Tamargo, Stories

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