LA CAJA DE ZAPATOS

Eran por fin una familia. Cuando el pequeño Jeremías subió a bordo del gran trasatlántico comenzó la historia de una recuperación largo tiempo esperada por sus tíos, ahora transformados en máximos responsables de su cuidado. Lorna y Mateo se habían ocupado del muchacho desde que perdió a sus padres en aquel desgraciado accidente de avión, cuando apenas aún tenía la edad para empezar a hablar y, por más que lo hubieron intentado, aquella malformación en el lenguaje persistía hasta el punto de que el niño era incapaz de articular palabra a sus seis años. Sin embargo los especialistas habían coincidido en valorar favorablemente la idea de que un viaje siempre podría actuar como resorte capaz de estimular al muchacho e inducirle a manejar esquemas nuevos en su educación, en un intento más por crearle la obligación de hablar. El proyecto fue cobrando forma lenta y gradualmente en el ánimo de sus tíos, quienes venían necesitando en los últimos años de unas vacaciones largas y algo diferentes, hasta que por fin pudo llevarse a efecto tal y como siempre habían deseado, junto al hijo que la vida les había negado. Lorna estaba ilusionada desde mucho antes del día del embarque, casi se había acostumbrado a los juegos silenciosos del muchacho en el hogar, su sola presencia le bastaba para acariciar la felicidad de compartirlo con el amor de Mateo.
La ruta que une Blins con el continente reunía todos los atractivos necesarios para enriquecer cualquier ansia de cultura, diversión o entretenimiento posibles. Las escalas estaban programadas para sucederse paulatinamente, sin prisas, con recaladas en puertos de algunas de las islas que permitían así la opción de ocio en tierra sin por ello dejar de disfrutar del mero placer de navegar. Para Mateo aquel niño era una bendición inesperada que el cielo le regaló y como un verdadero padre adolecía de todos los defectos que un primerizo puede llegar a cometer. Por eso defendió al muchacho cuando Lorna le increpó…
– Déjale, vino con esa caja desde que salimos de casa. No sé de dónde demonios la habrá sacado, del cumpleaños o tal vez de las navidades pasadas, pero al menos juega con ella… Déjale que juegue, ya se le pasará…
A Lorna parecía ofenderle que jugase tan fervientemente con una simple caja de zapatos en vez de hacerlo con los innumerables juguetes que con tanto cariño le regalaban. Pero a Mateo no le faltaba razón, el muchacho pasaba horas enteras con aquella caja e iba con ella debajo del brazo a todas partes, si tan importante era para él habría que respetarlo, a esas edades los niños suelen dar cambios abismales de un día a otro. Nadie había podido inmiscuirse en lo que pasaba por la cabeza del muchacho, sin duda debían quedar huellas ocultas tras la experiencia vivida, pero ante su muda respuesta se enfrentaban a la imposibilidad de conocer su alcance.
Los cuatro primeros días de viaje transcurrieron a bordo del buque, dedicados al disfrute de las novedades que ofrecían en cubierta y acompañados de un sol espléndido. La tarde anterior recalaron en el viejo puerto de Athluan, pudieron estirar las piernas, recorrer tiendas en busca de recuerdos y degustar una cena regional en las típicas tabernas marineras. Sin duda Jeremías se lo estaba pasando en grande, aunque ninguna expresión salía de sus labios no cesaba de curiosear a su alrededor. Al siguiente día enfilaban ya el estrecho de Utik, obligado paso hacia el sur del gran océano, dejando a un lado el grupo de islotes diseminados al que se habían propuesto bordear. Algunas nubes deshilachadas mancharon el horizonte, pero se agradeció la leve brisa que mecía las gorras y la mayor parte de la tripulación se tendió en las tumbonas de cubierta a merced del aire fresco. También Lorna, Mateo y Jeremías, los tres juntos, se dispusieron a obsequiarse con las ventajas de un merecido reposo. El muchacho, en medio de ambos, no soltó la caja de entre las manos ni cuando ella lo tapó con la manta.
Jeremías se había fijado boquiabierto en los islotes de pendientes acantilados y plagados de grutas, le pareció milagroso que aquellas enormes piedras flotasen entre el oleaje. El único milagro que él había conocido lo llevaba siempre consigo y, ahora que todos dormían, pensó que era el momento idóneo para dedicarle un breve vistazo y hacerlo también partícipe de todo aquel prodigio. Así que abrió la caja de zapatos y escuchó, dejó que el sonido creciera hasta que aquella música comenzó a extenderse en derredor, conquistando con su soniquete incesante cada rincón del aire…
El islote levantó un párpado, luego otro y, tras un amplio bostezo, anunció su brusca aparición desde el fondo marino. El tono áspero de su rocosa voz no dejaba lugar a dudas, estaba enfadado…
– ¡Quién demonios osa despertarme! ¡Apaga esa condenada música, muchacho! ¿Acaso quieres volverme más loco aún?…
Las duras palabras de la gran piedra tronaban, amenazadoras, conseguirían despertar a sus tíos y, en su preocupación, Jeremías gritó mientras agitaba los brazos asustado… Lorna y Mateo se abalanzaron sobre él, incapaces de aplacar los movimientos salvajes con que se debatía…
– ¡Ha sido una pesadilla!- le decía ella a Mateo, quien sujetaba al muchacho en un intento por calmarle.
– ¡Tranquilo, ya pasó! ¡Era un mal sueño, Jeremías!
El muchacho estaba despierto, se había puesto en pie y, asomado a la barandilla de cubierta, miraba las olas abajo… La caja de zapatos flotaba semihundida entre ellas, a sus tíos les dio tiempo a verla sumergirse.
– ¡No te preocupes solo era una caja!- Lorna por fin agradeció desembarazarse de aquel estorbo.
– Tranquilo, hijo, ¡ya encontraremos otra!- le apaciguaba Mateo.
– No, otra igual que esa no…
Las primeras palabras del niño sonaron a música sobrenatural, aunque siempre las habían escuchado.

El autor:
http://leetamargo.blogspot.com
*Es una Colección “Son Relatos”, (c) Luis Tamargo.

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Filed under Historias y Cuentos, Luis Tamargo

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