Perseverancia

 

                                                                             Por: Enrique Soldevilla 

Antes de recogerla miró a los costados de la calle. Seguro  la olvidó alguien, pensó. De inmediato  avanzó  seis pasos  y simulando anudarse los cordones la recogió del suelo y la aprisionó  con una axila.  Al doblar en una esquina la observó  con  interés, absorto, al tiempo que  le  daba  vueltas  con  las  manos adivinando cómo abrirla. Sí — se dijo — pudiera ser una de esas cajas de resorte secreto que fabrican los presos. Se marchó deprisa. 

El trayecto le pareció una eternidad y mentalmente elaboró una lista de instrumentos para abrir la caja. ¿Quién podría haber tirado a la calle un objeto así? Probablemente se cayó de un camión de mudanzas o algún niño salió a jugar con ella y la olvidó. La removió junto a una oreja: no sonaba. ¿Tendrá un fajo de billetes? 

Los veintidós escalones para subir a su apartamento le resultaron diferentes. Tropezó y se le cayó la caja. La agarró con firmeza entre el brazo y la barriga, para abrir la puerta. Un reloj de pared marcó las seis y doce, pero no le interesó. 

Cuando la colocó sobre la mesa ya la había olido: parece sándalo.  Se puso a  hurgar, echando mano  a una lupa y a un destornillador pequeño. La miró a favor de la  luz: era opaca. El calor de la lámpara lo sofocaba, y tampoco le importó.  

Dos gotas de sudor le resbalaron por la frente. Imaginó  que la caja lo retaba burlonamente. Acercó  la lupa a la ranura y con la punta del destornillador intentó separar las tapas; introdujo una lámina de  metal  entre ambas para calzarlas y continuar por el otro extremo.  Miró  los bordes.  Buscó  entonces  por arriba,  palpando  unos   fragmentos superpuestos  como  rompecabezas.  La tanteó  por las  esquinas buscando un posible resorte oculto: tampoco. 

Entonces recordó un viejo sueño, recurrente durante su adolescencia, en el que un mago de circo sacaba cuatro palomas de una caja de tabacos. Pocos notan – razonó—la importancia de las cajas. Todo lleva una caja: desde un perfume hasta un muerto. Pero esta caja me llamó la atención desde el primer momento; es tan extraña. Hay que tener imaginación para construir una caja así.  

Fue al lavabo y se mojó la cara y la nuca; luego se sirvió café y mordió un cigarro. Miró nuevamente el objeto. Agarró un martillo  y se detuvo vacilante junto a ella: mejor pruebo otra vez,  después  de  todo esta caja tiene una hermosa  rareza;  es exótica.   

Era como una de  esas  cajitas  orientales revestida  de fragmentos de nácar, huesos pulidos, madera policroma, piedras cristalinas, semillas. Una caja barroca y zoqueta. 

Pretendió pensar que no contenía nada. La miró: tal vez hay dinero o prendas o una carta comprometedora. Una caja así siempre tiene Algo. Recorrió de nuevo la ranura con la punta del destornillador. La miró a contraluz: nada. 

Deseó guardarla en la vitrina pero la idea de que una simple caja  lo venciera, el misterio irrevelado de la combinación y  la incertidumbre  de si en su interior había Algo descartaron su imprudente  impulso decorativo. 

El viejo reloj de la iglesia sonó la media noche. Regresó a su mente el recuerdo de las palomas y la caja de tabacos. Se pasó la mano por los cañones de la barba. Esa caja y él: un duelo entre el misterio y la esperanza.  

Intentó por fin martillarla y nuevamente se detuvo con actitud vacilante. Escudriñó una vez más la caja.  Pensó en el fuego: tampoco. Evocó el agua: no, se jode lo de adentro.  

Al amanecer, sin importarle sus ojeras, logró limar los  remates  de unas diminutas bisagras casi invisibles y extraerle los pasadores.  Así fue como aquel  hombre fatigado pero insistente pudo desvirgar el hermetismo. Adentro de la caja no había palomas, sino una bolsa transparente e inflada, cuyo interior guardaba una tarjeta doblada, amarillenta y vieja. Pensó en el mago. 

Desgarró la bolsa con los dientes y con una repentina expresión de asco en el rostro, como quien inhala algo fétido, leyó en la  tarjeta una nota mecanografiada que decía: “Al  romper la bolsa puso en libertad el espíritu de lo que todavía ayer fuera un aguacate fresco”.     

La Habana, 1990                                                                                                                                

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