Yo Soy Aquel

Por: Enrique Soldevilla

Su dilema no era tanto vivir con un rostro postizo como el hecho de ignorar cómo había sido el propietario original de la cara que le injertaron.

No podía decirse que el rostro total incrustado lograra aún una definición en su nueva configuración ósea. La inflamación y las líneas que bordeaban el nacimiento del cabello no habían cicatrizado y la tonalidad rojiza no desaparecía del todo. ¿Cómo quedaré?—se preguntaba involuntariamente frente al espejo.

Lo atormentaba la discreción ética de los cirujanos al no informarle nada, absolutamente nada, acerca del donante. ¿Fue una persona honorable o un antisocial? ¿Era casado y tendría hijos? ¿Era de su misma nacionalidad?

Intentaba fugazmente consolarse razonando que, para un desfigurado como él, daba igual cualquier cara que lo hiciera sentirse nuevamente persona. Pero el enigma acerca del otro le desviaba los pensamientos hacia el agujero negro y profundo de la cognición de una identidad, más allá de lo facial, absolutamente ignorada. Y ese era el punto que lo torturaba. ¿A partir de ahora continuaría siendo él o lo percibirían como el otro?

En el agobiante espectáculo de sí mismo su sentido común lo importunaba concluyendo que la identidad de una persona se componía de un veinticinco por ciento de memoria familiar; un veinticinco de influencia sociocultural; un cinco de huellas dactilares y un cuarenta y cinco de expresión facial. Por tanto, se martillaba mentalmente, somos una cara. La gente nos recuerda por nuestra cara, nos reconoce por nuestra cara. Yo soy mi cara. ¿Mi? Y volvía a inquietarse.

Consideraba además que la cara es el músculo de la comunicación, porque anclados a cualquier verbalización y al tono están los gestos faciales: un ceño fruncido, una ceja levantada, el movimiento de la mirada o el matiz de alguna mueca emocional. Es la cara quien convence. Si no, pregúntenle a los especialistas en casting de cine cómo logran que un villano siempre tenga cara de villano.

— ¡Noooooo! –gritó queriendo desterrar de su cerebro al donante desconocido, mientras la enfermera le inyectaba algo para diluir lo que el cirujano plástico interpretaba como el malestar de la identidad.

Santo Domingo, octubre 2005.

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