Claribel

Por: Enrique Soldevilla

Mendizábal no había creído nunca lo que le dijo aquella gitana que por azar le leyó una mano en Murcia. En primer lugar porque interpretó el asunto como un espectáculo de folclore para turistas; y en segundo, porque oír aquello de que “morirás a causa de un león ” resultaba demasiado fantasioso para un cubano que como cualquier otro cubano se jactaba de vivir en un paraíso tropical exento de fieras y de animales peligrosos.

Después de todo–razonaba Mendizábal–ese tipo de adivinos sabe cómo ganarse unos pesos impresionando al cliente. Los grandes temas humanos como el amor, la salud, la fortuna y el trabajo, entre otros, encuentran sus más variadas formas de combinación dentro de la mente ágil del nigromante. Pero asegurarme que un león me va a matar… creo que ahí la gitana se fumó un tabaco.

Aunque no solía pensar en el vaticinio de la gitana en ocasiones las palabras de aquella agorera, y la convicción con que las había pronunciado, le provocaban un cierto sobresalto, una cierta inquietud que le erizaba el espinazo. Y cada vez que le sucedía trataba de espantar esos pensamientos locos, esas imágenes difuminadas en las que él mismo se veía y se sentía devorado a pedazos por una fiera presa de un hambre ancestral.

Claribel

Pensaba entonces en Claribel, la de sus mil fantasías, y sólo así lograba disuadir el recuerdo fugaz pero intenso de lo que le dijo la gitana. Claribel no sabía lo de los leones, ni tenía por qué saberlo; ella solamente tenía que aceptarle su proposición de matrimonio para lo cual él, Abigail Mendizábal, lo tenía todo dispuesto. ¿Por qué la gitana ni siquiera le mencionó a Claribel? No, si no se refirió a ella entonces la adivina resultó ser una embustera porque Claribel tenía una presencia tan marcada en su vida que era imposible, para una adivinadora eficiente, haberla pasarlo por alto. Con las novecientas pesetas que le pagué a la gitana –pensó Mendizábal– hubiera comprado un champú para Claribel…

La noticia que escuchó por la radio de un transeúnte le pinchó la burbuja de su ensoñación: dos leones del circo ruso acababan de escaparse de sus jaulas; se suponía que rondaran por un perímetro de seis kilómetros, partiendo de la Ciudad Deportiva, cerca de la casa de Claribel, y eso lo espeluznó.

–Si los del circo no los capturan antes de que caiga la noche -comentó un borracho que esperaba el ómnibus- mañana la mitad de El Cerro va a estar comiendo pan con león.

Cuando Mendizábal se aproximaba a la casa de Claribel la fijeza de aquellos ojos viejos pero verdes de la gitana se le aparecían en su memoria; y recordaba el tono y la convicción con que pronunció la fatal profecía: “Morirás a causa de un león”.

Sudaba a chorros; su respiración se agitaba escalofriantemente mientras interpretaba la premonición de aquella endemoniada adivina. Se esforzaba otra vez por evadir esos pensamientos locos, esas imágenes difuminadas en las que él mismo se veía y se sentía devorado a pedazos por una fiera presa de un hambre ancestral.

Pensaba nuevamente en Claribel, la de sus mil fantasías, para ahuyentar la mortificadora imagen de su cabeza y quizás por eso no pudo percatarse de la amenazadora presencia de un antiguo novio de Claribel que, mientras le disparaba envidiosamente pronunciaba entre dientes: ¡Claribel León es mía y tú me estabas estorbando!

leon

La Habana, 1990.

Enrique Soldevilla, author of Cuba Aftershave

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Filed under Ficcion, Historias y Cuentos

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