El hombre sentado – Cuento

El hombre sentado
Por Enrique Soldevilla

El día menos pensado le llegó a Salvador Mendieta cuando sintió un extraño clic debajo de su trasero y leyó el fatal chantaje: “Al momento de usted sentarse fue activado un artefacto biométrico, construido sobre la base de su volumen corporal, de su peso y temperatura personal, y adicionalmente dotado de un sensor que percibe las emanaciones del desodorante que usted usa en sus regiones genitales. Si se levanta explota, pues variarían la temperatura, el peso y el olor, y usted fallece”.

Murmuran que esa fue la razón por la cual Mendieta no pudo divertirse, como solía hacerlo cada jueves con la sobrina de un famoso ajedrecista, porque aquel jueves de placeres y boleros lo habían convertido en un hombre sentado que jamás volvería a incorporarse.

Los acontecimientos sucesivos tuvieron lugar como de costumbre: un policía de tráfico se aproximó al coche; Mendieta le mostró la nota y diez minutos después el área colindante a la Mendieta Steel comenzó a llenarse de policías, bomberos, ambulancias, periodistas y curiosos. Barreras de seguridad separaron el auto de Mendieta a unos noventa metros de la muchedumbre aglomerada. Aparecieron los de Homicidios.

Después de las preguntas de rutina y de que los peritos revisaran cuidadosamente el vehículo el Superintendente Rovira, apoyando su zapato ortopédico en el estribo del Mercedes, le informó a Mendieta que, en efecto, el artefacto había sido colocado entre el bastidor y el asiento del conductor con tal ingeniosidad que resultaba difícil desactivarlo sin riesgo de una voladura, y que ese tipo de bombas podía accionarse por control remoto, lo cual posibilitaba, con tiempo, adivinar la codificación usada para, también por remoto, lograr bloquearla y sacarlo rápidamente del vehículo. Añadió que de inmediato le enviaría a una psicóloga del Departamento Especial, quien lo ayudaría en esos momentos de tensión.

Se dice que una semana antes Mendieta había declarado a la prensa su deseo de vender acciones de su acería a una compañía extranjera, noticia que inquietó a muchas familias de trabajadores que temían perder sus empleos si la compraventa se materializaba. ¡Coño, es por eso! – exclamó involuntariamente Mendieta mientras examinaba su entrepiernas.

La psicóloga era una rubia alta y flaca, de huesos planos; por su mandíbula protuberante y su nariz boluda Mendieta la asoció maquinalmente con Popeye. Para colmo, unos ojos hundidos acentuaban el rasgo cóncavo de aquel rostro, y cuando Mendieta la miró de perfil tuvo la impresión de estar viendo una cara en cuarto menguante.

— En situaciones como ésta –recomendó la experta– lo más importante es mantener la serenidad y que prevalezca en usted el raciocinio sobre la pasión; estoy aquí para ayudarlo y esa ayuda requiere su cooperación y su estabilidad emocional.
–¿Y cómo soluciono mis necesidades fisiológicas? –la interrumpió Mendieta sobresaltado– ¡Tráiganme mi “esprey” de Rexona!

Fue a partir de la respuesta a la psicóloga cuando todos comenzaron a considerar el factor tiempo en su exacta realidad, y a convencerse de que cualquier decisión debía ser tomada lo más rápido posible. Porque si Mendieta se “embolsa” –expresó el Superintendente Rovira en una rueda de prensa– originará una cadena de voladuras del demonio, teniendo en cuenta que las tuberías de gas, oleoducto y electricidad pasan por debajo de la fábrica, y en los alrededores hay tres hospitales, un hogar de ancianos, seis comercios, cuatro restaurantes, dos escuelas, un banco y cerca de novecientas viviendas.

La prensa destacó objetivamente la situación y criticó la renuencia de Mendieta a vender un grupo de acciones entre sus trabajadores, según exigían sus secuestradores como condición para desconectar el artilugio; y en su razonamiento editorial subrayaba la simpleza de esa alternativa, que le serviría incluso para consolidar su apoyo obrero e incursionar, si lo deseaba, una carrera política postulándose para la alcaldía de la ciudad.

Cuentan que el pánico comenzó a desencadenarse cuando un influyente comentarista radial expresó que, literalmente, la tranquilidad ciudadana dependía de la función digestiva de Mendieta. Así surgieron los primeros huelguistas, hasta convertirse progresivamente aquello en un movimiento incontrolable, pues Mendieta no transaba.

Un detalle hasta entonces ignorado precipitó la decisión: la señora Mendieta era la amante secreta del famoso ajedrecista, y declaró en círculos muy privados que en caso de un desenlace fatal ella, en tanto heredera universal de los bienes de su inolvidable esposo, estaba dispuesta a vender un grupo de acciones entre los trabajadores de la acería.

Fue entonces que apresuradamente comenzaron a construir una enorme cúpula de acero blindado para cubrir el amenazador vehículo y atenuar los efectos de la conspirada explosión. El paso de mayor peligro era colocar la “plataforma”, que debía ser introducida entre las gomas y el suelo, levantando el auto por el techo, y luego encapsularlo con la cúpula; después habría que soldar las dos partes y trasladar hasta un extenso terreno baldío, mediante una grúa, la peligrosa burbuja de hierro. Para eso hubo que suministrarle discretamente un somnífero a Mendieta, a riesgo de que en la inconsciencia del sueño se le escapara un “alma de aguacate ” y ocurriera una desgracia.

Fueron momentos de tensión mientras se ejecutaba la cobertura del vehículo. Cada paso fue calculado con precisión, pero, como señalara el Superintendente Rovira, hasta una pesadilla de Mendieta pudiera hacerlo levantarse y reventar con todos.

El procedimiento transcurría sin inconvenientes: la grúa enganchó la cúpula con destreza y empezó a levantarla y a girar para llevarla a su destino. Cuando posaron el domo en el terreno baldío todos se refugiaron en sus respectivas casas a la espera del pedo que convertiría a Mendieta en un número más dentro de las estadísticas locales de suicidio.

Algún tiempo después, con los fragmentos de acero recuperados, en el mismo sitio de la explosión fue erigido un obelisco en forma de un alfil estilizado donde un acertijo tallado en mármol expresa: “La muerte comió de esquina porque la vida es de acero”.
La Habana, 1993

2 Comments

Filed under Ficcion, Stories

2 responses to “El hombre sentado – Cuento

  1. Creo que muchos escritores que viven de la literatura,deberian jubilarse y darte paso con alfombra roja……..me quito el sombrero companero del foleo.

  2. Gracias por tu apreciacion, Gema. No esperaba un elogio de esa magnitud.

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